viernes 16 de septiembre de 2011

Lo fatal

Son cerca de las nueve de la mañana y, como mi beba tiene hambre, enciendo el televisor mientras le doy de comer. Mala idea, ella se distrae con la tele. La apago. Imagino un futuro de tener mucho cuidado con no incentivar demasiado el uso del televisor, prefiero que lea, que dibuje, que imagine su propio mundo: ya habrá tiempo de conocer el mundo tal cual es.
Ahora, más cerca de las once de la mañana, el noticiero ya no habla de Schocklender ni de Candela, sino  que alerta sobre el granizo y me habla del Alzheimer. Es en ese momento cuando entra el terror, ese terror mudo (que de otra forma no puede serlo) a mi garganta, a mis vísceras tranquilas y cálidas hasta ese momento, y me congelo.
El recuerdo. Los recuerdos de una infancia de preguntas sin respuesta, de una mujer que estaba ahí para exponer su distancia, y su carita. Su carita de terror, muda, como sólo el terror sabe ser.
Ella muda.
Yo muda.
El terror en la garganta. El terror en la panza. El terror en la mirada. El terror en la boca.
Son cerca de las doce del mediodía y mi hija tiene tres meses. ¿Cuántos años tendrá cuando el terror llegue a mi carita?


"Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror..."
Rubén Darío

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