La
adoro con toda mi alma. Siempre la adoré, desde el primer día.
Si
lloraba un poco, si se quejaba, si tosía, cualquier cosa yo ya me levantaba de
un salto y ahí estaba, justo al lado suyo para que nada le pasara. Pero estas
ganas empezaron con ese olor suyo. Tan dulce, tan leche. Era el mismo olor que
salía de mí, que entraba en ella y que yo sentía desde su nuca de pelusa.
Varias
veces las ganas me sorprendieron en medio de la calle: esos cachetes llenos de
leche, ese cuellito blanco y suave, los pies como empanaditas de copetín y los
bracitos regordetes. Todo tan perfecto que no podía más. De a poco, empezaba a
perder las ganas de controlarme. No quería verla crecer, alejarse, hacerse
independiente, aprender a hablar y nombrarme, hacerme una persona distinta de
ella, ¿para qué si así estábamos mejor? ¿Acaso no era lindo pensar que siendo
dos cuerpos éramos igual una sola persona? Fue entonces cuando comenzó: su
llanto cuando yo me alejaba, tirarme los bracitos con desesperación cuando
volvía a verme, renegar de los extraños que la alzaban. Sentí que ya no había
vuelta atrás, que si no hacía algo la iba a perder, iba a odiarme por
abandonarla aunque yo estuviera a dos metros, en la cocina por ejemplo,
haciendo mate. Era todo perfecto hasta ese momento porque, cuando empezó, de a
poco, podía ver su carne tan tierna y suave, envejecer y ajarse, hacerse dura,
arrugarse; ya no podía controlarlo, me asaltaba cuando la veía jugando solita, sin
necesitarme en lo absoluto.
No
lo pude soportar más.
Esa misma noche, mientras ella dormía tranquila
sin quejas ni tos, me levanté y fui hasta su cuna, le saqué la ropita de noche,
el pañal y empecé. Suavecito, como besos, como mordisquitos de pececito.
Primero los piecitos, cosquilleantes, guardando de no despertarla. Después las
piernas, jamoncitos de la ribera del Río de la Plata, sabrosas. La pancita
englobada de noche, tibia de leche, abrazada por los bracitos blancos y suaves,
tersos, delicados al paladar. Finalmente, las delicias delicadas: los cachetes,
los ojitos, la boquita. Todo fue pasando de nuevo, de a bocados diminutos, como
ella toda. Sólo cuando estuvo de nuevo en mi panza, como al principio, me sentí
de nuevo feliz, como al principio. Todo había terminado, la angustia, los
dolores, el miedo de la separación. Volví a mi cama y me tapé, no vaya a ser
que me enferme, estando embarazada.
Acabas de relatar algo que a veces he pensado que no podría controlar: las ganas de querer comerme a alguien.
ResponderSuprimirPrecioso.
Gracias, Pecosa. Lo son, incontrolables por demás.
Suprimirqué tierno. me encanta.
ResponderSuprimirdicen que de pequeños te los comerías, y deberías hacerlo, porque de mayores te arrepentirás de no habértelos comido.
Sobre todo porque los quieres matar y, si te los hubiera comido, ahora serían pequeñitos, tanto que los querrías comer y lo harías, y... así serían pequeños toda la vida. ;-)
SuprimirTiempo sin leerte.
ResponderSuprimirFeliz año nuevo.
R.
Gracias, Raúl. Un placer que estés por acá. Feliz año para vos también.
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