martes 27 de diciembre de 2011

Ciclos


La adoro con toda mi alma. Siempre la adoré, desde el primer día.
Si lloraba un poco, si se quejaba, si tosía, cualquier cosa yo ya me levantaba de un salto y ahí estaba, justo al lado suyo para que nada le pasara. Pero estas ganas empezaron con ese olor suyo. Tan dulce, tan leche. Era el mismo olor que salía de mí, que entraba en ella y que yo sentía desde su nuca de pelusa.
Varias veces las ganas me sorprendieron en medio de la calle: esos cachetes llenos de leche, ese cuellito blanco y suave, los pies como empanaditas de copetín y los bracitos regordetes. Todo tan perfecto que no podía más. De a poco, empezaba a perder las ganas de controlarme. No quería verla crecer, alejarse, hacerse independiente, aprender a hablar y nombrarme, hacerme una persona distinta de ella, ¿para qué si así estábamos mejor? ¿Acaso no era lindo pensar que siendo dos cuerpos éramos igual una sola persona? Fue entonces cuando comenzó: su llanto cuando yo me alejaba, tirarme los bracitos con desesperación cuando volvía a verme, renegar de los extraños que la alzaban. Sentí que ya no había vuelta atrás, que si no hacía algo la iba a perder, iba a odiarme por abandonarla aunque yo estuviera a dos metros, en la cocina por ejemplo, haciendo mate. Era todo perfecto hasta ese momento porque, cuando empezó, de a poco, podía ver su carne tan tierna y suave, envejecer y ajarse, hacerse dura, arrugarse; ya no podía controlarlo, me asaltaba cuando la veía jugando solita, sin necesitarme en lo absoluto.
No lo pude soportar más.
Esa misma noche, mientras ella dormía tranquila sin quejas ni tos, me levanté y fui hasta su cuna, le saqué la ropita de noche, el pañal y empecé. Suavecito, como besos, como mordisquitos de pececito. Primero los piecitos, cosquilleantes, guardando de no despertarla. Después las piernas, jamoncitos de la ribera del Río de la Plata, sabrosas. La pancita englobada de noche, tibia de leche, abrazada por los bracitos blancos y suaves, tersos, delicados al paladar. Finalmente, las delicias delicadas: los cachetes, los ojitos, la boquita. Todo fue pasando de nuevo, de a bocados diminutos, como ella toda. Sólo cuando estuvo de nuevo en mi panza, como al principio, me sentí de nuevo feliz, como al principio. Todo había terminado, la angustia, los dolores, el miedo de la separación. Volví a mi cama y me tapé, no vaya a ser que me enferme, estando embarazada.

6 comentarios:

  1. Acabas de relatar algo que a veces he pensado que no podría controlar: las ganas de querer comerme a alguien.

    Precioso.

    ResponderSuprimir
    Respuestas
    1. Gracias, Pecosa. Lo son, incontrolables por demás.

      Suprimir
  2. qué tierno. me encanta.

    dicen que de pequeños te los comerías, y deberías hacerlo, porque de mayores te arrepentirás de no habértelos comido.

    ResponderSuprimir
    Respuestas
    1. Sobre todo porque los quieres matar y, si te los hubiera comido, ahora serían pequeñitos, tanto que los querrías comer y lo harías, y... así serían pequeños toda la vida. ;-)

      Suprimir
  3. Tiempo sin leerte.
    Feliz año nuevo.

    R.

    ResponderSuprimir
  4. Gracias, Raúl. Un placer que estés por acá. Feliz año para vos también.

    ResponderSuprimir

Boquearon lo que quisieron